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Ninguna catástrofe natural se compara a la de la brutalidad del hombre contra el hombre, y en lo humano, muchas veces, esta brutalidad comienza con lo aparentemente inofensivo: dentro del pensamiento.
Ante la contundencia de un terremoto o un tsunami, por ejemplo, el ser humano queda solo ante su impotencia física: las fuerzas naturales actúan y lo humano se estremece o se hunde; la solidaridad debe esperar hasta el último espasmo del caos. No hay culpas, no hay discursos: la muerte impone sus banderas y estas flamean hieráticas sobre las ruinas.
En cambio, cuando la brutalidad humana se impone como consecuencia de un sistema de pensamiento, lo humano se enfrenta ante el artificio de la muerte construida con frialdad, ante el dolor calculado, ante el apretar de tornillos que asfixian hasta la última expresión de la dignidad.
Para llegar a esta degradación, los sistemas brutales van degradando a los hombres y las mujeres hasta convertirlos en simples objetos de utilidad dudosa, en bestias de carga o en la simpleza de una figura que ayuda a que la maqueta tenga ese perfume de vida que solo interesa –por ejemplo- para la venta de los grandes proyectos inmobiliarios. No obstante, ante estos actos, nos queda siempre la oportunidad de prevenirlos, de confrontarlos con inteligencia y valor, de superar nuestros miedos y avasallarlos en unidad colectiva. Cientos de transformaciones históricas por parte de los pueblos así lo demuestran.
Los decretos que el gobierno de facto en Honduras ha impuesto, han tenido en sustancia la visión fascista que, inexorablemente – de seguir los golpistas en el poder- afianzará sus mecanismos represivos hasta llegar a los terrenos donde Adolfo Hitler entronizó su reino de terror encima de las vidas de los millones de gaseados en los campos de concentración.
Los pasos que los militares y civiles golpistas han hecho en Honduras son los mismos e incluso peores, una vez que tomamos en cuenta el contexto de época. Los mismos por la dualidad paramilitar de sus argumentos constitucionales y peores, por la gran mascarada democrática que estos vendieron al mundo durante 26 años, obteniendo así, fondos inagotables para la “modernización de la justicia” o para integrar los Derechos Humanos a cuanta institución lo necesitara por su relación directa con la ciudadanía.
Ante lo anteriormente descrito, nos debe resultar inadmisible y totalmente repudiable la expresión que el periodista David Romero ha vertido sobre el holocausto judío. Inadmisible porque éste no representa el pensamiento de la Resistencia Hondureña y repudiable por contradecir la realidad de muerte y vejámenes de cientos de hondureños en resistencia contra el fascismo de Micheletti y Romeo Vásquez, cabezas visibles de los muchos Himmlers, Ribentrops, Eichmans, Streichers, y Rosembergs que hoy se disfrazan con los apellidos Facusés, Kafatis, Nasser o Canahuatis, en una promiscuidad delirante que hoy los hace servirse del Mossad israelí, sí, pero a despecho de la Revolución Palestina que ellos mismos financian desde estas honduras.
Los gases “light” que ellos han comprado hasta hoy y que ya se han llevado la preciosa vida de varias compañeras en Resistencia, tienen el alma del Zyclon B usado en Treblinka o Dachau. La misma intención, pero dentro de los cálculos progresivos que todo lo monstruoso guarda celosamente.
Los desastres humanos, en su gran mayoría, han partido desde ese efecto mariposa cuyas ligeras palabras terminan convirtiéndose en discurso oficial que valida la matanza.
La Resistencia Pacífica del pueblo hondureño contra el golpe de Estado, no ha marchado más de 100 días para validar la penosa dialéctica del señor David Romero. Nuestras fuerzas naturales son por sí mismas tan poderosas en su esencialidad evolutiva que no necesitan de artificios ni de brutalidades verbales o físicas. Eso lo deben entender bien claro los que hoy ponen el grito al cielo por las injustificables declaraciones de David Romero, aún y cuando son ellos los que provocan los gritos de indignación y dolor aquí, en la tierra.
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